martes, 3 de julio de 2007
hasta luego
quisiera pero no puedo. quisiera que me llames. que me llegue un mensaje tuyo. quisiera verte y abrazarte. como todas las veces. como la ultima vez. me gustaria decirte la verdad, decirte cuanto te quiero. todo lo que me haces sentir. pero no puedo. no se porque. nunca me entendi mucho. no puedo. no dejo de mirar el estupido celular. que ya no voy a usar mas. porque si no me van a llegar mensajes tuyos no me interesa usarlo. te quiero llamar. te quiero gritar que me doles. te quiero escupir que me haces falta. te quiero llorar un rato. tal vez despues se me pase esto que siento aca. tal vez despues me olvide de los lugares que te lleve a visitar. de los caracoles que perseguimos en mi patio. las nubes que te prometi. y de la luna. donde te conoci. por hoy quiero olvidarme de ese baño. de tus caricias. y de cuanto te deseo. de como te quiero. de como todo, solo por hoy. quiero olvidarlo. quiero ser razonable. y creer que todo pasa por algo. que de las malas idas siempre hay buenas vueltas. que las flores vuelven a florecer cuando se va el invierno. y blah. pero a mi hoy no me importa. porque yo hoy te extraño. hoy te quiero aca. aunque sea un segundo. hoy no te puedo decir adios. asi que por hoy. pero solo por hoy, es un hasta luego.
Habia una vez una plaza
Caminábamos por la plaza tomadas de la mano. Yo la llevaba. Y ella me llevaba a mi. La niña reía y dibujaba ilusiones en el aire, en el viento, en el camino con sus deditos ingenuos, infantiles. Solo de verla ser, se me llenaba el alma. Yo la cuidaba. Ella era todo para mi. Ella era yo. Yo era ella. Nosotras andábamos por nuestra plaza de la mano. Ella siempre tenia sueños, ideas, locuras para contarme. Yo solo me limitaba a escuchar. Y sonreír. Me encantaba aprender de la niña. Yo no tenia nada para enseñarle. Y aun asi. No hubiese podido. Ella nunca me dejaba hablar. Nuestra plaza tenia un hermoso césped. Verde. Siempre bien cortado. Tenia flores. Jazmines. Las preferidas de la niña. Su perfume nos inundaba y nos sumergía en un mar de alegrías. También había una fuente. Gigante. Profunda. Era nuestra fuente. Y cuando nos acercábamos podíamos ver que no tenia fondo y que nuestra fuente no era cualquier fuente. En nuestra fuente había todo tipo de peces. Tantos colores. Tantas historias. En nuestra plaza cantaban nuestras aves. Y como la niña amaba a los jilgueros había un jilguero por naranjo. Un día la niña estaba muy callada. Sus ojos no querían mirar las profundidades de nuestra fuente. Sus labios no querían contar historias de piratas. Sus oídos no querían escuchar y su nariz no quería oler. Me preocupe. Por primera vez no supe que hacer. La niña me llevo hasta un banco. Nos sentamos. Hice silencio. No sabia que decir. Me limite a observar. La niña me miro. Jamás voy a olvidar su mirada. No podría. Me miro. La mire. Una lagrima se deslizo por su mejilla. Mi mundo se vino abajo. De pronto en nuestra plaza el silencio lastimaba. El cielo helaba. Y los colores habían decidido huir. La lagrima de la niña llego hasta la comisura de sus labios. Empezó a hablar. Su manito fría apretó mis dedos. Se me hizo un nudo en la garganta. Basta. No podía escuchar mas. Tan frágil. Tan vulnerable. Tan humana. Solo pude acercar mi cabeza a su pecho. Y le rogué que no me soltara. No. Nunca. No me dejes sola. Nunca. No te voy a solar. Nunca. No me dejes. Nunca. No te voy a soltar. No me sueltes. No me sueltes. Nunca. Por favor.
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