Ocurrió en un abismo letal, donde no se diferenciaban los colores, la soledad reinaba y las risas eran algo olvidado. Una criatura gris, casi sin vida y sobretodo sin motivos se lamentaba, caminaba con la mirada clavada en el suelo y cargando con un alma desdichada. Tal vez haya sido la imperfección de sus actos pasados lo que la atormentaba. En sus ojos inexpresivos se descifraba injusticia y dolor, mientras que las marcas en su cuerpo hablaban de otra vida colmada de horror y vergüenza, un alma lacerada y cansada, tropiezo tras tropiezo, caída tras caída y unos deseos locos de volver a creer, de poder sentir. La angustia recorría sus venas y carcomía cada uno de sus pensamientos. Nada valgo, nada soy, se repetía incansablemente. Nada soy, nada tengo para dar, apretando los puños y sintiendo un intenso ardor. El infierno, encendido y en su mayor potencia, recaía sobre sus hombros. Ese vacío que se siente cuando uno quiere llorar pero no puede, inundaba cada parte de su cuerpo. La soledad perforaba su sombra como un cuchillo afilado y realmente deseaba que todo acabase. Sintió un escalofrío cuando tocaron su hombro, hacia demasiado tiempo que no sentía calor. Y delante de sus ojos se situó un ser resplandeciente, jamás había visto algo igual. Tenía una mirada llena de paz que transmitía una dulzura ya olvidada por la criatura. Un ser mágico y puro que emanaba alegría y una reconfortante sensación de bienestar. Era imposible no confiarle la vida. Con la mayor paciencia, amor y dedicación, el ser, limpio a la bestia, uno a uno fue sacando todos los tormentos de su alma desgastada. No fue necesario hablar, las palabras sobraban. No existía ya la soledad. Y en los brazos de aquel ángel, escondiendo su rostro y agradeciendo el milagro de una segunda oportunidad, la criatura lloro de felicidad...
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